miércoles, 27 de julio de 2011

GPS: Guiados por el Señor

Texto Bíblico: Jueces 7:7-15

En otras ocasiones he compartido sobre un objeto que ha sustituido los mapas que se llama GPS. Este objeto electrónico lo colocamos en el carro y nos dirige a donde queramos ir. Primero entramos la dirección y buscamos los datos. Luego programamos el rumbo que hemos de seguir y finalmente llegamos a nuestro destino. Para ser Guiados por el Señor debemos buscar su dirección, programar lo que Dios quiere y celebrar que hemos llegado a donde Dios nos lleva.

Esa es la historia que el texto bíblico nos comparte hoy. Gedeón buscó dirección de Dios, siguió y programó su estrategia conforme Dios le dijo y finalmente adoró al saber que ya Dios le concedería la historia.

Buscando la dirección de Dios

Gedeón fue llamado por Dios y probó a Dios a cerca de su llamado. Era un hombre humilde, que limpiaba el trigo de su familia y se somete a la voluntad de Dios. Con un ejército de 30,000, Dios le dice que son muchos y comienza a reducir este. Para pelear con un ejército grande, numeroso y mejor organizado había que buscar la dirección de Dios. Dios le dice que los que tomen agua lamiendo como los perros esos serán los escogidos. Dicen algunos que esto demostraba que estaban preparados para enfrentar cualquier ataque al venir de esa forma. Dios le dice: “Con estos 300 hombres que lamieron el agua os salvaré y entregaré a los madianitas en tus manos; váyase la demás gente cada uno a su lugar.” Cuando buscamos la dirección de Dios tenemos que afinar el oído en todo tiempo y prepararnos para lo inesperado de Dios. Muchas veces la dirección de Dios no es lo que planeamos o esperamos; Tal vez por eso el profeta Isaías nos relata que Dios nos dice: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos ni vuestros caminos mis caminos, dice Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isa 55:8-9) Lo inesperado, lo insólito Dios lo hace.

Siguiendo la dirección de Dios

Las instrucciones fueron precisas: solo 300hombres, que llevaran provisiones y sus trompetas y los cántaros que eran antorchas. Lo envía a espiar a Madián y a través del relato de un sueño en el campamento de los enemigos, Dios le asegura a Gedeón la victoria. La victoria no llegaba con grandes ejércitos, ni con armas poderosas, llegaba tocando las trompetas, gritando: ¡Por Jehová y por Gedeón! Y quebrando los cántaros con antorchas en sus manos. La victoria llegaría siguiendo la dirección de Dios. Dios estaba consciente que era fácil atribuirse victorias para Israel, así, que los lleva por la ruta inesperada. Seguir la dirección de Dios implica negarse a sí mismo, “el que quiera seguir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” Seguir la dirección de Dios implica romper mis esquemas para seguir los de Dios. Es entregarnos y aunque el mundo diga que vivimos en una locura podamos, seguir la locura del evangelio de Cristo

Adorando por el obrar de Dios

Al escuchar el sueño y su interpretación Gedeón adora a Dios. Cuando buscamos y seguimos la dirección de Dios solo podemos llegar a lugar seguro. La grandeza de Dios sobre nuestra vida nos invita y nos convoca a adorar. Gedeón sabía que Dios le había dado instrucciones, que Dios le había dado la victoria, que era Dios el merecedor de toda la Gloria. Cuando vemos lo que Dios comienza a hacer muchas veces no lo entendemos, a veces ni siquiera lo aceptamos, pero todo en nuestra vida tiene propósito. El aprender de la Palabra de Dios llena un lugar importante en nuestra vida, para cuando llegue la prueba, la dificultad, la escasez o la enfermedad, podamos adorar. Aún en la dificultad Dios nos lleva de la mano y nos dirige. El Dios que sacó de Egipto su pueblo, que abrió el Mar Rojo y cruzaron en seco, que hizo caer los muros de Jericó, ahora hace caer al pueblo de Madián.

Conclusión:

Al Dios que yo sigo me lleva por caminos y veredas que en ocasiones no comprendo, o no conozco. Dios hace una nueva ruta cada día para nosotros/as porque son nuevas cada mañana sus misericordias. Y aún cuando todos reducen y cancelan nuestras probabilidades, ahí Dios una vez más hace que se turben los problemas, las situaciones difíciles, la noche oscura y vemos su actuar. Por eso levantamos nuestra voz y nuestras manos al cielo y podemos adorar. Levantaos, porque Jehová ha entregado el campamento de lo que te oprime, te carga y te entristece en vuestras manos.

Fortaleza Mía

Texto Bíblico: Salmo 27:1-6

El libro de los Salmos es uno de los más conocidos, de los que más porciones memorizamos y es tal vez el libro con el que mayor empatía tenemos. David era un hombre que experimentó toda la gama de emociones. La alegría, la tristeza, el amor, la ira, la traición. Ofreció su lealtad y su vida se vio en peligro en muchas ocasiones. Si alguien conocía las dificultades, el sufrimiento y el peligro, ese era David. Ese joven, el más pequeño entre sus hermanos, fue llamado a ser rey del pueblo escogido por Dios. Luchó contra leones para proteger las ovejas de su padre, venció a Goliat el filisteo con una honda y 5 piedras, tuvo que esconderse de Saúl, porque los celos le hicieron querer matarle. Fue rey de Israel con aciertos y desaciertos, pero era un hombre conforme al corazón de Dios. Ese hombre nos lleva hoy en un testimonio de fe en Dios con cuyo amor, ayuda y poder, podemos vencer en las batallas que trae la vida.

Jehová es mi luz y mi salvación, la fortaleza de mi vida

Dios es la luz que en momentos de oscuridad, de dificultad alumbra nuestra vida. Jesús mismo nos dijo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Dios es nuestro Salvador y libertador, por eso sacó al pueblo de Egipto con portentos y luego envió a Jesús para cumplir el pacto. Cuando afirmamos que el que ilumina nuestro camino y nos salva en medio de nuestro diario vivir, nos hacemos esa misma pregunta, ¿de quién temeré? Hay tantas cosas que nos provocan temores, incertidumbre, que nos hacen alejarnos de Dios, sentir que estamos abandonados a nuestra suerte. Dios es la fortaleza de mi vida, ¿de quién he de atemorizarme? Las fortalezas son lugares seguros, de protección, basta que ir a un paseo por el Viejo San Juan y sus fuertes y lo podemos entender. Dios nos ofrece protección aún en el día malo, en el día de la angustia, nos recoge y nos pone a salvo como la gallina que cuida a sus polluelos.

Cuando se juntaron contra mí…tropezaron y cayeron

El salmista nos cuenta todos los que anda tras de él. Lo buscan los malignos, angustiadores y enemigos. Del árbol caído todos quieren hacer leña, dice el refrán. Todos podemos identificar a los malignos, angustiadores y enemigos, y a todos los que podamos señalar que quieren hacernos daño. Dice el salmista que ante la intervención de Dios tropezaron y cayeron. Los que quieren hacer daño, tarde o temprano se enredan en sus propias mentiras y caen.

Yo estaré confiado y confiada

La vida está llena de situaciones y momentos difíciles, pero la invitación es a estar confiados. Hay momentos donde sentimos ejércitos literales que nos persiguen, que nos atropellan, que acampan contra nosotros y nos declaran la guerra. Y usted puede ponerle nombre a lo que pasa, a ese ejército que le agobia, pero el salmista nos invita a confiar. Y es que en un mundo con tanta “gansería”, no es fácil confiar. Desconfiamos de todo y de todos. En Dios podemos confiar, El es quién hace tropezar y caer a los que nos hacen mal. Ante la presencia de Jehová tiemblan y huyen todos los ejércitos. Es confiar en que Dios lo hará: A veces pensamos que Dios ha dejado de hacer milagros; Que Dios no responde, ni hace cosas extraordinarias; Somos nosotros los que queremos ver sin confiar en lo que Dios va a hacer. Decimos con la boca que lo hará, pero no creemos que sea posible.

Conclusión:

Dios es nuestra fortaleza, pero tenemos que creer y confiar. Para confiar tenemos que conocer a Dios. “Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré: que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová y para buscarlo en su templo. El me esconderá en su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de su morada; sobre una roca me pondrá en alto. Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean, y yo sacrificaré en su Tabernáculo sacrificios de júbilo; Cantaré y entonaré alabanzas a Jehová.” (27:4-6) Cuando estamos en la casa de Dios, cuando estamos ante Su presencia podemos cantar y entonar alabanzas al Señor. No importa nuestra circunstancia, la presencia de Dios nos hace adorar y vencer, porque Dios es nuestra fortaleza

Escuchar la Voz de Dios

Texto Bíblico: Jueces 3: 16-19

Hace unos días me encontraba en el auto banco y un vehículo en la fila nos deleitaba a todos y todas con su música de bachata. Subí mi cristal mientras esperaba para escapar un poco de esa melodía y en eso la joven del banco me habla y se me dificulta escucharla así que le pido que repita lo que me dijo y así finalizo y escapo por mi vida. En un mundo lleno de tanto ruido perdemos muchas oportunidades para escuchar la voz de Dios y ver la acción de Dios en nuestras vidas. Israel tenía un pasado glorioso, de victorias que Dios les había dado por obediencia a su pacto. Dios quiere hablarnos, tener pacto con nosotros y que podamos escuchar lo que Dios trae para nosotros hoy.

Pasado, Presente y Futuro

Ya Josué había muerto y su generación con él. Las nuevas generaciones no habían escuchado hablar del Dios que había hecho actos portentosos en medio de su pueblo. Así deciden irse tras los baales o dioses cananeos. En este mundo de tanta tecnología vivimos el presente, como si lo pasado no existiera y el futuro lo forjamos en este mismo instante. Twitter, Facebook y otras redes sociales nos mantienen al día de lo que pasa. ¿Podemos recordar eventos importantes que marcan nuestra vida? ¿Podemos recordar eventos y experiencias que marcan nuestra fe y nuestro encuentro con Dios? Recuerdo a mi abuela con ternura llevándome a los Encuentros Bíblicos de Verano en la ICDC en Espinosa; Recuerdo las experiencias en mis días de joven cuando mi pastor nos acompañaba y todos nos dormíamos primero que él; Recuerdo la Cantata del coro en diciembre de 1984 que me llevó a tomar decisiones y bajar a las aguas bautismales en abril del 1985.

Dios escucha nuestra voz

Aún recuerdo cuantas veces Dios ha escuchado el clamor de hombres y mujeres que nos han precedido en la fe, como dice la carta a los Hebreos esa gran nube de testigos. Y a través de toda la historia bíblica vemos a Dios escuchando el clamor de su pueblo. Dice el texto que Dios escuchaba el clamor, que levantaba jueces entre el pueblo, “porque Jehová era movido a misericordia al oírlos gemir por causa de quienes los oprimían y afligían. Dios escucha nuestros miedos, nuestras aflicciones, y lo que nos entristece. Dios está atento al clamor nuestro por nuestras familias, por nuestro pueblo, por nuestros gobernantes. Dios no nos desampara. Dios nos escucha, pero muchas veces nosotros y nosotras no afinamos nuestro oído con el Señor. El Señor guarda silencio para escuchar lo que tenemos que decir. Y nosotros y nosotras, ¿estamos hablando sin parar o también tenemos pausas y silencios para escuchar a Dios?

Escuchando a Dios

Israel era un pueblo rebelde, pero clamaba a Dios en momentos de necesidad. Dios habla de diversas maneras, hay palabra que nos recuerda el amor y la misericordia, pero también hay palabra en la que Dios nos corrige en nuestros actos. Escuchar y obedecer a Dios era la clave para un pueblo al que Dios le dio instrucciones precisas. Yo te invito a pasar un minuto en silencio, cierra tus ojos y escucha a Dios. Dios habló en el bautismo de Jesús, y también habló cuando Cristo fue a la cruz. Dios nos sigue hablando hoy, ¿estamos escuchando?

Conclusión:

Cántico: La Última Palabra: Dame de tu eterna paz, dame el don para esperar, ayúdame a confiar en ti, porque en mis fuerzas no puedo más. Tú eres mi sustento, Tú mi creador y la última palabra, la tienes Tú.

jueves, 21 de julio de 2011

La Obediencia Restaura

Texto Bíblico: Josué 7:3, 8-11, 8:1

El pueblo de Israel venía de una extraordinaria victoria en Jericó. Dios había hecho algo extraordinario, con el grito de un pueblo obediente, los muros cayeron e Israel tomó posesión de Jericó. Dios le dio una instrucción de que no guardaran nada de esa tierra porque no era de Su agrado. La victoria llenó de confianza y de soberbia a Israel. Reconocieron la tierra de Hai y vieron debilidad y pensaron que eran superiores y solo fueron con 3,000 hombres, para regresar derrotados. La desobediencia tuvo su precio, pero el arrepentimiento y la obediencia restauran al pueblo de Dios.

I. Decisiones

Sin saber que alguien había violado el pacto con Dios, Israel estaba confiado en Jehová, su Dios. La gran victoria en Jericó los hizo depender de su capacidad y no de Dios. Pensaron que eso era fácil y salieron al campo. Alguien olvidó que eran un pueblo y que el pecado de alguien tenía consecuencias en la vida de otros. En ocasiones, olvidamos que nuestras acciones tienen consecuencias sobre la vida de otros y otras; por ejemplo, cuando algún pastor o líder religioso es señalado por conductas inapropiadas, dicen, que los cristianos son pillos, etc.

La pobre mayordomía de la creación que hemos experimentado nos lleva a ver como se deteriora nuestro medio ambiente. La actuación de Acán hizo daño a Israel y también a él y su familia. Vio la retribución y se aprovechó, olvidó la claridad de lo que Dios dijo. A veces nosotros confiamos en los recursos que se presentan y olvidamos que nuestra confianza debe estar puesta en Dios; Así muchas veces nos hundimos y nos llevamos a otros y otras en nuestras decisiones

II. El arrepentimiento nos santifica y nos hace libre

Josué sufre la humillación como líder de todo un pueblo. Y un pueblo que sabemos le reclamaría como lo hizo con Moisés. Pero en medio de su dolor y su desesperación, Josué se postró ante Dios. No solo se postró, sino que le reclamó a Dios y estuvo dispuesto a escuchar la voz de Dios. Dios es firme en su planteamiento que el pueblo le había fallado. Muchas veces pensamos solo en nuestros pecados individuales, pero también en ocasiones somos partícipes del pecado colectivo; Cuando nos hacemos cómplices del maltrato a otros y otras, Cuando marginamos a los que piensan o actúan diferente a mí, Cuando privilegiamos otras cosas sobre Dios, ahí nos hacemos parte del pecado colectivo.

Dios es claro: “Levántate, santifica al pueblo y di: “Santificaos para mañana, porque Jehová, el Dios de Israel, dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros” (v.13) Necesitamos quitar lo que rompe, interrumpe nuestra relación con Dios. ¿Qué me impide obtener la tierra prometida?, ¿Qué retrasa el proyecto de Dios en mi vida y la vida de mi familia, más allá, en la vida de la Iglesia?

III. La obediencia restaura

Josué aceptó la responsabilidad por los actos del pueblo. Aceptó su porción de culpabilidad. Hizo conforme Dios le pidió y el culpable fue descubierto. “Jehová dijo a Josué: No temas ni desmayes. Toma contigo toda la gente de guerra, levántate y sube a Hai. Mira, yo he entregado en tus manos al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y a su tierra.” (8:1) La obediencia nos restaura. Dios quiere tener tratos especiales con nosotros y nos dice levántate y conquista. Tal vez Dios te está pidiendo cosas que no te atreves, o no estás listo/a para hacer; la obediencia nos da la victoria. No te rindas, no temas ni desmayes, porque Dios está contigo

Conclusión:

Este pasado fin de semana vimos en las noticias que hubo 30 asesinatos, que ya sobrepasamos los 560 asesinatos. Esta semana recibimos la triste noticia de cómo un “héroe” de mi época y de esta, Piculín Ortíz, cayó en las garras de la droga. Un hombre que lo tuvo todo, que jugaba en equipo, perdió una batalla y se desató un mar de reacciones. Dios restaura. Dios nos invita a obedecer. Dios quiere nuestro bienestar. Alcancemos a otros. Miremos en nuestro interior, en nuestra familia, en nuestro pueblo, que tenemos que sacar que no agrada a Dios para ser restaurados. Levántate y santifícate; No temas, ni desmayes, porque Dios entrega hoy la victoria en tus manos.